Tuesday, February 19, 2019

La influencia de tu madurez emocional sobre tu elección de pareja


¿Alguna vez has pensado por qué te enamoraste de esa persona cuando tenías 16 años? ¿Y de esa otra cuando tenías 21? ¿Y después, por supuesto, con la que te casaste cuando tenías 26? ¿Por qué te enamoraste precisamente de él o de ella? Y no olvidemos de quien te enamoraste después de tu divorcio... y quizás también hubo alguien más después de aquello, y tal vez incluso otras personas. ¿Qué fue lo que te hizo sentir de esa manera en cada uno de esos casos?

Cuando yo era muy joven pero ya había tenido algunos baches sentimentales —y todavía no sabía lo que sé ahora—, recuerdo que pensaba que las relaciones eran un poco como peldaños de una escalera: cada relación te llevaba un escalón o dos más arriba, siempre y cuando te hubieras empeñado en tratar de aprender algo de lo que provocó que se terminara y, al final, que fracasara. Aunque tratar de entender por qué acaban las relaciones es importante, creo que es en los comienzos y mirando en retrospectiva a esos comienzos, cuando se aprende en igual medida, si no más. Pero primero tienes que entender cómo te influye el cómo eliges a tus parejas, y aquí es donde entra en juego tu madurez emocional, así como tus problemas no resueltos de la infancia.
¿Qué es exactamente la madurez emocional? A continuación, se presentan algunos puntos que considerar:
        ¿Te autorregulas bien (o no) cuando alguien te saca de quicio o cuando la vida se vuelve caótica? En otras palabras, ¿en qué medida sabes llevarte rápidamente a un lugar de armonía interior y equilibrio cuando eso sucede, sin perder los estribos o explotar de alguna manera?
        ¿Te calmas bien a ti mismo—y con qué frecuencia necesitas hacerlo—cuando estás ansioso, aterrado, asustado, preocupado, molesto, irritado o estresado? Una vez más, ¿en qué medida sabes llevarte a un lugar de armonía interior y equilibrio cuando eso sucede, sin perder los estribos o explotar de alguna manera?
        ¿En qué medida eres consciente de ti mismo? ¿Estás prestando atención a las alertas que surgen cuando no te autorregulas y no te calmas a ti mismo? En otras palabras, ¿te das cuenta de cuando pierdes los nervios o te hundes, o cuando culpas, juzgas y críticas a los demás constantemente, e intentas después pensar en ello de manera proactiva, buscar ayuda o aprender el significado que podría tener eso en tu vida?
        ¿En qué medida dependes de mecanismos externos de alivio como el alcohol o las drogas, los juegos de azar, las adicciones en Internet (como los videojuegos, el porno, etc.), las compras compulsivas, el sexo indiscriminado, la socialización frenética y la búsqueda continua, con igual frenesí, de la juventud, la belleza, etc., como sustituto de la autorregulación sana y de los mecanismos sanos para calmarte a ti mismo?
        ¿En qué medida necesitas culpar a las circunstancias o a otros para sentirte bien contigo mismo y con tu vida?
        ¿Tienes límites sanos? ¿Estás dispuesto a aceptar comportamiento inaceptable de los demás, cerrando deliberadamente los ojos y la mente ante la manera como te tratan, a pesar de saber que están rebasando tus límites?
        ¿Eres capaz de cambiar tu diálogo interior para tu propio beneficio? Es decir, ¿puedes y sabes cuidar tus pensamientos de tal manera que no te torturen y que no estés rumiando interminablemente sobre lo que sea que te esté incordiando actualmente?
        ¿Te amas a ti mismo, y mucho, no solo ahora, sino todo el tiempo? En otras palabras, ¿te cuidas de ti mismo de tal manera que todos los puntos de esta sección formen parte de tu proceso diario?
Ahora, imagina que pudieras ponerte una nota en los ocho puntos anteriores y que la nota más alta posible en cada uno fuera diez, lo que te daría —suponiendo que estuvieras en lo más alto de la escala de madurez emocional— un total posible de 80 puntos. Ahora, imagina que estás siendo muy sincero y que te pones un cuatro o cinco en cada uno de esos puntos.
Volviendo a la pregunta de cómo influye tu grado de madurez emocional en cómo eliges a tus parejas, si tu puntuación total está entre 40 y 50 (y esto no es más que para ilustrar lo que estoy diciendo), atraerás a alguien con la misma madurez emocional; si es 20 o 75, sucederá algo parecido. Alguien que haya avanzado más lejos que tú en esta escala imaginaria de madurez emocional podrá sentirse atraído hacia ti inicialmente, pero rara vez durará esa atracción más tiempo que solo inicialmente, porque la disparidad en la escala alejará de ti a ese alguien para acercarlo a otra persona que haya “alcanzado” un lugar próximo al suyo en esa escala imaginaria. A no ser que una persona esté buscando deliberadamente una pareja ‘trofeo’ de algún tipo —en cuyo caso, generalmente “enamorarse” no es un ingrediente en la receta de todos modos—, la madurez emocional tiende a pesar más (subliminalmente) que otros factores como el aspecto físico, el nivel de estudios, los factores socioeconómicos, la edad, el origen cultural, etc.
El segundo elemento que influye en cómo eliges a tus parejas es lo que hace eco en ti a un nivel profundo y subliminal cuando conoces la persona nueva, o dicho de otro modo: hay algo en esa persona que despierta algo en ti emocional y psicológicamente, lo cual después se convierte típicamente y rápidamente en química también. Y ese algo en el otro tiene que ver con uno o más de tus propios asuntos no resueltos, que comúnmente son de la infancia. (El artículo del mes pasado, «El subidón de adrenalina del drama de las relaciones» también aborda elementos de esta cuestión).
Para ilustrar brevemente un asunto no resuelto que puede crear un eco entre ti y una posible nueva pareja, imagínate que tienes un progenitor (padre, madre o quien te haya cuidado más que otros) un poco frío y que te rechaza, o simplemente un progenitor que, a tu juicio, no te dio el tipo de amor y aprobación que anhelabas. Anhelo es la palabra clave para entender esto: lo que anhelas, si no lo recibes, puede hacer que acabes enredado en una maraña de conductas psicoemocionales, siendo la más común desarrollar límites malsanos y, casi seguro, no aprender a cuidar de ti mismo y a amarte a ti mismo, lo cual implica cuidar de los demás en cierto modo mucho antes de que consideres cuidar de ti mismo. Pues bien, este patrón continúa —suponiendo que no seas consciente de ello— en tus relaciones adultas.
Una vez que sientes el eco de ese algo en la otra persona, te sientes atraído hacia ella. Podrás pensar que la atracción se debe a tal o cual otro factor, pero en retrospectiva y tomando conciencia de uno mismo, la mayoría coinciden en que se debió al eco y, sobre todo, a que en realidad eran conscientes de ello a un cierto nivel. Podría haberse producido una tensión en el plexo solar similar a la que solías sentir de niño ante el progenitor cuando la persona nueva parecía perder el interés en ti por un momento. Si esto se repite varias veces durante esos primeros encuentros, tú te das cuenta de ello porque hay esa tensión, pero no necesariamente eres consciente de ello, porque en tal caso te dirías a ti mismo que esta persona no te está tratando como tú quieres que te traten. En lugar de eso, puede que te digas a ti mismo que esta persona es tan maravillosa en todos los demás aspectos que pronto se verá a sí misma como la ves y que después, por lo tanto, gracias a la fuerza de tu amor, ya no volverá a comportarse de esa manera.
Pues así es como nos convertimos en el Steven Spielberg de nuestras propias vidas: producimos gloriosas películas sobre nuestras posibles parejas que puede que disten bastante de la realidad. En el ejemplo anterior, lo que provocó el eco fue un sentimiento similar de distancia y quizás una percepción de falta de aprobación o de rechazo. Si crees que eso mantendría a la mayoría de la gente alejada de alguien así, recuerda —como se ha dicho— que el eco no es consciente, ni tú eres consciente del hecho de que la razón por la que se ha hecho tal eco es la similitud de esta nueva persona —al menos de esta manera con respecto a tu asunto no resuelto— con uno de tus padres o con otra persona importante de tu infancia.
Saber todo esto —hacerte consciente de ello, especialmente utilizando el conocimiento de tus patrones del pasado en las relaciones (para más detalles, mira mis libros The Power of Your Heart: Loving the SelfThe Tao of Spiritual Partnership)— y desarrollar constantemente tu madurez emocional para llegar aún más alto impactará en tus relaciones presentes y futuras, con grandes beneficios. Y eso, como tantas otras cosas, es algo que eliges todos los días de tu vida.

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Tuesday, January 22, 2019

Anhelar el amor


Si pensabas que yo solo leo sobre temas de neurociencia y espiritualidad, te equivocas bastante. También leo novelas, y de vez en cuando echo un vistazo a la prensa amarilla. Así es como supe del caso de una mujer de unos 40 años que había construido una vida de mucho éxito para ella y para sus hijos. Se divorció dos veces y anhelaba encontrar una nueva pareja y el amor verdadero. Dada la naturaleza de su profesión de alto octanaje en el campo de las inversiones y su falta de tiempo, recurrió a un costoso servicio de citas de alta gama. Pero todo se torció y su empeño fue infructuoso.
Esta historia me hizo pensar... Desde luego que la mayoría de la gente anhela el amor y la compañía. 

Y con este artículo no pretendo para nada denigrar a esa mujer ni a nadie, del sexo o edad que sea, que recurra a cualquier herramienta para buscar pareja de las que nos brinda nuestra vida moderna en esta era de la tecnología.

Pero esta historia un tanto triste nos dice mucho sobre la condición humana:

        Nos hacemos altamente competentes en cuanto al éxito externo (a cualquier nivel que quieras citar), pero apenas nos conocemos a nosotros mismos.
        Normalmente no sabemos lo importante que es conocernos a nosotros mismos, aunque tengamos estudios de postgrado o más; es decir, no es cuestión de cuánto hayamos estudiado, sino de la medida en que somos conscientes de nosotros mismos.
        Y aunque sepamos de esa importancia, en general no tenemos ni idea de cómo conseguirlo, ni siquiera de cómo empezar el proceso.
        Tenemos miedo de estar solos, o…
        … no sabemos cómo estar solos.
        Puede que creamos que al definir nuestro perfil psicológico mediante pruebas especializadas, podremos dar con la pareja perfecta.
        Sin embargo, no somos conscientes del hecho de que nuestro perfil psicológico —al menos el típico que suelen emplear incluso los sitios de citas de alta gama— dice poco o nada sobre el estado de nuestra madurez emocional, o se centra en tantas otras cosas que se pierde en la verborrea.
        Sin conocer el estado de nuestra madurez emocional, encontrar a alguien será igual de aleatorio en la calle, en bares o simplemente en situaciones sociales normales, que en un sitio de citas. (Mira los artículos mencionados al final).
        Lo que es más importante (y triste) aún, es que sabemos muy poco sobre la madurez emocional. Por lo tanto, hacemos poco o nada para cultivarla. En vez de eso, continuamos con la búsqueda de la escurridiza pareja perfecta, el alma gemela, el compañero que nos complementará tan perfectamente que seremos felices, estaremos contentos, nos sentiremos satisfechos y, en general, viviremos esa buena vida que hasta ahora sencillamente se nos había escapado de las manos.
        Es muy probable que nunca hayamos pasado un tiempo verdaderamente consciente perfeccionando el arte de amarnos a nosotros mismos.
        Y eso significa que nunca aprendemos a llenar nuestras propias lagunas psicológicas y emocionales, los huecos que hay en nosotros y que tratamos de llenar con la persona que amamos, si el amor es correspondido.
        Y, por supuesto, todo esto nos dice algo sustancial sobre el tipo de cosas de la otra persona en las que nos fijaremos una vez que esta aparezca. Normalmente nos centramos principalmente en lo externo, porque todavía no hemos desarrollado una relación con nuestro propio yo interior.
        Llenar los huecos que he mencionado antes ocurre cuando empezamos a ser plenamente conscientes, a amarnos a nosotros mismos, a desarrollar nuestra madurez emocional y a buscar activamente una relación con nosotros mismos.

Pero volvamos a la historia de la mujer que buscaba la pareja perfecta. Recuerda que igualmente podría haberle ocurrido a un hombre o alguien mucho más joven o mucho más mayor, porque esto ocurre constantemente. Es la historia eterna de anhelar el amor.

Imagínate lo mucho más fácil que podría ser ese anhelo si quienes lo tienen supieran todo lo planteado en los puntos anteriores y estuvieran trabajando en ello activamente. No es que desearan menos el amor, sino que no “necesitarían” encontrarlo para sentirse bien. Por supuesto que lo desearían, pero desear y necesitar son dos cosas diferentes. Si estás cuidando bien de ti mismo tal como explico en este artículo, vivirás tu vida de una manera muy distinta, en concreto por lo que respecta a cómo gestionas lo que deseas y que puede que todavía no tengas.

¿Qué se podría hacer a un nivel más alto, social, para alcanzar estas metas? Para empezar —y llevo vocalizando sobre el tema desde hace varias décadas—, el currículo escolar tiene que incluir muchas de las cosas mencionadas en este artículo. Los niños que van a la escuela tienen que aprender, como mínimo, todo lo siguiente (y después pueden enseñarselo ellos a sus padres):

        Autorregulación (un componente importante de madurez emocional de la que carecen muchos adultos)
        Límites sanos (también parte de la madurez emocional)
        Autoamor (amarse a sí mismo), o llamémoslo “autocuidado”: cuidar bien de ti mismo emocional y psicológicamente. Este también es un ingrediente de la receta de la madurez emocional, y conduce, por supuesto, a todas las demás piezas “auto” que influyen tanto en nuestras vidas, sobre todo cuando carecemos de ellas: autorrespeto, autoestima, autoaprobación, por mencionar solo algunas.
        Aprender a estar solo y ser capaz de disfrutarlo, lo que significa desarrollar una relación con uno mismo.

En caso de que creas que enseñar esto en las escuelas es complicado, has de saber que ¡no lo es! Una clase a la semana centrada en estas cuestiones desde preescolar en adelante nos llevaría muy lejos, pero ese es tema para otro artículo.

Lo que quiero decir es que si esto ya estuviera ocurriendo en las escuelas, el escenario descrito al principio sobre la mujer que anhelaba el amor no tendría lugar de la manera que lo hizo. Tampoco se sentiría esa mujer tan desamparada como parece estarlo por culpa de encontrar obstáculos continuos en su camino (según lo que he leído), porque sabría perfectamente bien cómo cuidar de ella misma emocional y psicológicamente, por no decir espiritualmente, hasta que el amor aparezca —o no— en su vida. Si no aparece, ella también estaría bien, porque saber que, pase lo que pase, vas a estar bien, vale todo el oro del mundo.

Lo que crea dolor, frustración, ansiedad, miedo y un deseo de controlar las cosas es la creencia de que la solución a todo lo que nos preocupa o nos hace anhelar (lo que sea) está en el exterior. Solo cuando aprendemos a buscar la solución interiormente encontramos la paz y el bienestar interior. Míralo así: si estás anhelando el amor y este no se presenta, o se presenta pero con todo tipo de trajes tóxicos, entonces considera ese anhelo frustrado como una bendición disfrazada; permítele que te lleve a emprender el camino descrito en este artículo.

Anhela —y aprende a— amarte a ti mismo primero, y después busca tu pareja.

Otros artículos de interés:


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